Por: Lenny Castro Argüello
Por años, el teatro ha sido ese lugar donde caben todos los mundos posibles. Pero en El Salvador, desde hace casi una década, también se ha convertido en un espacio donde caben todas las personas. Donde los cuerpos, las voces y las historias de personas con síndrome de Down no solo están presentes, sino que brillan con luz propia. Ese escenario tiene nombre:
Entre Colores y Sombras.
La historia comienza como comienzan muchas revoluciones silenciosas: con una noticia difícil y una mujer que decide no quedarse quieta. Melisa Miriam Córdoba Solito, periodista de formación, artista por vocación y madre por destino, recuerda con claridad el día en que nació su hija Celeste. “Cuando me dijeron que tenía síndrome de Down, fue casi como si me estuvieran dando el pésame”, cuenta. Le hablaron de todo lo que su hija no podría hacer. De los límites. De las dificultades.
Esa misma noche, Melisa escribió un cuento. Escribió para sacar el miedo, la tristeza, la rabia. Escribió para respirar. Ese texto —Tintino— no solo fue un desahogo: fue la semilla de un proyecto artístico y político que hoy es referente de teatro inclusivo en la región.
Del miedo al escenario
Pasaron dos años. Dos años de informarse, de conocer historias de personas con síndrome de Down que estudiaban, trabajaban, amaban, creaban. Dos años de llenarse de argumentos para salir al mundo. En 2018, Melisa decidió juntar sus dos pasiones: el arte y la inclusión. Sin presupuesto, sin certezas, pero con una convicción clara: el problema no era su hija, sino una sociedad que no sabía —o no quería— convivir con la diversidad.
Así nació la idea de una compañía mixta, donde artistas con y sin discapacidad intelectual compartieran escenario en igualdad de condiciones. No como terapia. No como caridad.
Como arte profesional.
El camino no fue fácil. Hubo renuncias, decisiones dolorosas, familias que no entendieron por qué no todos podían quedarse. “Fue durísimo, pero si queríamos calidad artística, había que priorizar”, recuerda Melisa. Finalmente, el primer elenco quedó conformado por 13 artistas: seis de ellos con síndrome de Down.
En 2019, Tintino se estrenó en el Teatro Nacional de El Salvador. Y ocurrió algo poderoso: el público aplaudió de pie. No por lástima. No por “el esfuerzo”. Aplaudió porque lo que vio fue bueno. Porque fue teatro del que emociona, del que interpela, del que se queda en el cuerpo.
El arte como espejo de realidades incómodas
Desde entonces, Entre Colores y Sombras no ha parado. Ni siquiera en pandemia. Cuando los teatros cerraron, nació la Escuela Artística Experimental, con metodologías creadas específicamente para personas con discapacidad intelectual. Luego vinieron más obras, alianzas internacionales, giras, danza contemporánea, teatro callejero, radionovelas.
Cada producción aborda temas que casi nunca se asocian con la discapacidad intelectual pero que son parte de ella como: la depresión, el suicidio, la sexualidad, el abandono, el derecho al trabajo, la educación negada. Obras como Serenas, La maleta de los sueños o Letargo no suavizan la realidad: la cuentan desde la poesía, la fantasía y la crudeza necesaria.
Letargo, la más reciente, nace del cansancio. Del enojo que Melisa ha sentido ante la hipocresía de una sociedad que habla de inclusión pero que no es inclusiva.
Melisa ha recorrido entre 12 y 15 escuelas privadas para matricular a su hija que ahora ya ronda los 10 años y en todas recibió un “no” a la inscripción de Celeste. En todas ha escuchado frases como “solo aceptamos un 10% de niños con discapacidad” o “los otros padres no quieren que sus hijos se relacionen con ellos”.
Así es como en esta nueva escena entrelaza cinco historias para mostrar cómo la exclusión no solo afecta a la persona con discapacidad intelectual, sino a toda su familia. Porque el impacto es colectivo. Porque la lucha también lo es.
Artistas, no eternos niños
En Entre Colores y Sombras no hay voluntariado disfrazado. Los artistas con síndrome de Down trabajan, tienen contratos y reciben el mismo pago que cualquier otro artista. Son adultos. Son profesionales. Son protagonistas.
“Creemos que son niños eternos, que no se deprimen, que no desean, que no deciden”, dice Melisa. El teatro se encarga de desmontar esos mitos uno por uno.
Hoy, la compañía cuenta con nueve artistas con discapacidad intelectual y sigue creciendo. Además, desarrollan programas de habilidades para la vida, siempre desde el arte, entendiendo que la inclusión real también pasa por trabajar con las familias, sanar duelos y construir autonomía.
Cuando la luz se queda encendida
Entre Colores y Sombras no es solo una fundación. Es una declaración. Una prueba viva de que cuando se confía en el talento, cuando se exigen derechos y no favores, cuando el arte se usa para incomodar y no para adornar, las cosas cambian.
En cada función, cuando el telón se abre y los aplausos llenan la sala, queda claro que el teatro inclusivo no es una utopía. Es una realidad posible. Y necesaria.
Porque al final, como bien lo demuestra esta compañía, el verdadero letargo no está en las personas con síndrome de Down, sino en una sociedad que todavía tiene que despertar.
